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Leonardo Malgor, perfil del entrenador que supo unir el atletismo con el running

Un recorrido por la vida del coach que en los Juegos Olímpicos tendrá, junto con su compañero Daniel Díaz, a tres de los 13 atletas que representarán a la Argentina en Río de Janeiro

La mañana del 11 de noviembre de 1969 Doris Batista se despertó con un dolor fuerte en la parte baja de la espalda y en el vientre. Su marido, Mariano Malgor sabía todo lo que tenía que hacer. Agarró el bolso que ya estaba preparado, tomó a su mujer del brazo y salieron hasta la parada del colectivo que los llevaría desde Joaquín Suárez hasta la clínica de Montevideo.

Cuando el chofer abrió la puerta y se encontró con la panza inflada y los gritos de dolor, se quedó inmóvil, duro. Fueron 30 kilómetros en los que el tiempo tomó otra dimensión. Doris pensó que iba a tener a su hijo en el medio de la nada, en el pasillo de un colectivo. Pero aguantó hasta la clínica. Veinte minutos después, ya tenía a su hijo en brazos. Así llegó Leonardo Michel Malgor al mundo, corriendo.

Era una cosa horrorosa. Así define Doris al aspecto que tenia su hijo a los 15 años. Leonardo se había afeitado la cabeza y los pelos de las piernas.

-No sé qué atleta africano había hecho eso para correr mas ligero, y él quiso hacer lo mismo. Yo lo único que quería era tener un hijo normal, pero él me decía que eso era ser normal.

Muchos años después, ya como entrenador, Leonardo les propuso a "sus atletas" Olímpicos Marita Peralta y Mariano Mastromarino juntarse a charlar un poco, a pasarla bien. Al rato de estar reunidos, Leonardo fue hasta el auto y volvió con la balanza en la mano. Antes de que vuelva a entrar los atletas se miraron nerviosos:

-¿Por qué no me dijiste que nos iba a pesar?- Mariano se sintió engañado- Tengo tres kilos de más.

-Te juro por Dios que no sabía nada, si yo estoy cuatro kilos arriba- dijo Marita rápido, antes que se abra la puerta.

La obsesión de Leonardo por el atletismo no cambió. Un día de finales de mayo, Mar del Plata atravesó una fuerte sudestada. El agua no aflojaba y el viento hacía temblar los vidrios de cualquier ventana. El intendente ordenó suspender las clases por dos días y cortar el transito en el boulevard costero porque las olas se desplomaban sobre el asfalto. Leonardo avisó a sus corredores que la clase no se suspendía por lluvia y que los esperaba a todos en Rivas y la costa, en el mismo lugar donde estaba prohibido circular.

Cuando Leonardo tenía cuatro años, sus padres se separaron. Su papá formó una nueva familia con otra mujer que ya tenía dos hijos y él, se fue a vivir a Quilmes con su mamá.

Leonardo empezó el primer grado sin saber que pronto dejaría de ver a sus compañeros. A su mamá no le gustaba las calles de Quilmes, la gente, la pensión. Antes que empiece el verano de 1977, armó la valija y se fue a Mar del Plata. En las revistas, ella veía esa ciudad con mar, sierras y una temporada en la que siempre se trabaja muy bien. Como no sabía con qué se iba a encontrar, decidió tomar el riesgo sola. Ese verano, Leonardo se quedó con la familia de su padre, en Florencio Varela.

El rancho en el que vivían estaba en el medio de un descampado, tenía techo de chapa, piso de tierra, baño afuera. Mariano era encargado de un edificio en Palermo. Su mujer, embarazada, limpiaba esos departamentos. Como no tenían con quién dejar a los chicos, todos juntos hacían el viaje hasta el edificio. Se levantaban a las cinco de la mañana y caminaban veinte minutos hasta la parada del 148, que siempre estaba lleno. A las seis llegaban a constitución y ahí esperaban el 12 para el último tramo del viaje. Era verano, pero Leonardo se acuerda del frío que pasaba a esas horas tan temprano. Un frío que lo iba a acompañar durante mucho tiempo. Dice que no quería estar ahí, se sentía una carga. No conocía a esa señora que dormía con su padre ni a esos chicos que no eran sus hermanos. Casi cuarenta años después, no se olvida de lo que quería ese verano:

-Tenía ganas de salir corriendo muy fuerte, llegar hasta Mar del Plata y abrazar a mi mamá.

Al terminar la temporada, Doris se subió al tren y lo fue a buscar. Hoy se acuerda con detalle de ese encuentro:

-¿Por qué demoraste tanto en venir a buscarme mamá?... me dejaste acá tres años.

-No hijo, solo fueron tres meses.

-No mamá, fueron tres años.

Sin poder contener las lágrimas, Doris dice que ahí se dio cuenta que Leonardo había sufrido y que para él, esos tres meses habían durado una eternidad.

Son las siete de la mañana de un martes. El parque Primavesi amanece en silencio. Una señora pasea un perro viejo y en la esquina del cementerio, el barrendero raspa su cepillo de acero contra el cordón. Las nubes oscuras parecen estar más bajas que de costumbre. La humedad se transforma en garúa, el viento sacude las copas de los árboles y hace girar la calesita vacía. No parece febrero.

Sobre un pilar de piedra, sentado en cuclillas, Leonardo toma mate. Sus piernas son tan largas que al doblarlas, las rodillas le quedan a la altura del mentón. Está vestido completamente con ropa Nike. Los anteojos de sol espejados, también son de la misma marca. Mientras desayuna controla el tiempo que tarda Mariano Mastromarino en dar una vuelta al parque.

-Un minuto cuarenta y siete segundos- avisa el entrenador. (después piensa, mueve los labios en silencio, saca cuentas).

Cada vez que larga, Mastromarino se toma las manos por encima de la cabeza y justo antes de salir baja los brazos con un movimiento brusco. Esa es la señal para que ambos activen sus relojes de manera sincronizada. En los primeros 400 metros, Leonardo se acomoda en el pilar, se ceba otro mate, habla despacio, chequea el celular. Cuando faltan 200 metros para la llegada y Matromarino aparece en su campo de visión, Leonardo interrumpe el relato, se para como un resorte y mira el reloj cada diez segundos. Después cada cinco. Mira el reloj y a Mastromarino que cada vez está más cerca. Cada dos segundos. Hasta que el atleta cruza la línea.

-Un minuto cuarenta y siete segundos- Leonardo dicta los valores de la vuelta número doce.

Durante todas las repeticiones, el tiempo siempre es el mismo. Un minuto cuarenta y siete segundos. Leonardo dice que es una buena marca, pero que también se puede mejorar.

Mastromarino trota despacio hacia el punto de partida una vez más. A sus espaldas, Leonardo lo persigue en silencio, con la mirada. Son veinte repeticiones y entre vuelta y vuelta no lo deja que se frene. El entrenamiento se hace sobre la fatiga: si el atleta descansara por más de 40 segundos las pulsaciones bajarían de 170 a 120 y eso no puede pasar. Para ser un atleta de elite, Leonardo exige exponer el cuerpo al límite, llevarlo hasta el borde de la lesión.

-Un minuto cuarenta y seis... ¡perfecto! ¡Esa es la que vale!- dice mientras pone el reloj en cero.

Uno de los trabajos que Doris consiguió en Mar del Plata fue limpiar casas por hora. Hacía doble turno: arrancaba a la mañana y terminaba al final del día. Tan concentrada en ir de una casa a la otra, no se dio cuenta que era marzo y que las clases ya habían arrancado. Empezó a visitar varias escuelas pidiendo que dejen incorporar a su hijo al segundo grado, pero no había caso, los cupos estaban cubiertos. A mediados de abril, la escuela 53 "Juana Manso" fue la única que lo aceptó. El colegio quedaba lejos de donde vivían, pero había un colectivo que lo dejaba bastante bien. Además, no había otra opción.

El primer día de clases, Doris se pidió la mañana para acompañar a Leonardo. Le dijo que se acordara bien el recorrido del colectivo, porque después, tendría que viajar solo. Él dijo que sí; tenía siete años pero se sentía un hombre grande. No se imaginaba que al día siguiente mezclaría los nombres de las calles, olvidaría dónde se tenía que bajar.

Leonardo se paró, tocó timbre y fue hasta la vereda. Una señora que lo vio llorando, lo levantó, le dijo que no se asuste y lo acompañó hasta la puerta del colegio. La vuelta fue menos angustiante: Leonardo conocía muy bien su barrio.

Cuando su mamá llegó a casa esa tarde, él le dijo que no quería ir más a esa escuela tan lejos. Estaban solos y ella no podía dejar de trabajar para acompañarlo. La única salida que encontró fue el Patronato de la Infancia. Lo llevaba por las mañanas bien temprano y a la tarde, lo iba a buscar cuando salía del trabajo.

En el Patronato le decían "el suertudo". Su mamá lo iba a buscar todas las tardes y ahí adentro, eso no le pasaba a cualquiera. Algunos de sus compañeros solo se iban los fines de semana, otros no se iban nunca. Pero Leonardo no se sentía afortunado. No quería estar ahí. No le gustaban las tazas mordidas en el borde ni los platos de plástico rayados. Cuando los dejaban salir al patio, se quedaba mirando a través del alambrado a las personas que caminaban por la calle Solís. Tenía ganas de escaparse, andar así, sentirse libre.

Antes de empezar el tercer grado, se mudaron a una pensión en el centro. La pieza era chica, las paredes tenían humedad y había una sola cama para los dos. Cuando tenía que bañarse, su madre lo metía en un fuentón de chapa dura y le hacía correr agua tibia por la cabeza, por la espalda. En invierno, el frío se le metía en todo el cuerpo, era insoportable.

Todo el esfuerzo de mudarse a la pensión valía la pena. Ese lugar quedaba a una cuadra de la escuela número 1, y ese año, Leonardo pudo dejar de ir al Patronato.

Es sábado y en la pista de atletismo municipal hay torneo. Los corredores están dispersos por todo el campo. Trotan lento, elongan, alientan a sus compañeros. Leonardo llega temprano junto con su mujer Lucía y su hija de un año, Joan. Caminan tramos de diez metros y se frenan. Los atletas se acercan a saludarlo. Él charla con cada uno y retoma su camino hasta llegar a la zona del reloj. En esa punta hay menos gente, el sol da de frente y una loma de pasto ofrece un lugar donde sentarse. Así es el living de la casa de Leonardo.

Los primeros en competir son los menores de diez años. Leonardo se acomoda los anteojos de sol y se sienta en la loma para tener mejor vista. Cuando los chicos pasan por la parte más lejana de la pista, él se lleva dos dedos a la boca y chifla bien fuerte. No les despega la mirada un segundo. Parece tener todo controlado. Lo único que le molesta es el frío. Es marzo y hay sol, pero él necesita cruzarse de brazos para calentar las manos debajo de las axilas.

Cuando termina la carrera se levanta, va hasta el borde de la pista y felicita a sus corredores. Les pide que no olviden anotar en el cuaderno la fecha y el tiempo que hicieron.

Después de eso Leonardo ya no volverá a sentarse ni a tomarse dos minutos para charlar con nadie. Es el turno de los mayores y él corre de una punta a la otra. Aplaude, grita, alienta, discute con el largador. Se hacen las seis de la tarde y no hay sol, pero él ya no siente el frío.

Al final del torneo, se prenden las luces, los atletas se suben el cierre de la campera hasta el cuello y se quedan trotando un rato más para relajar los músculos. Leonardo sienta a su hija en el cochecito y junto con su mujer empiezan el largo camino de retirada.

De fondo, los parlantes amplifican su nombre a cada rato: "Resultado de mayores en los 3000 metros femenino: primer lugar para Florencia Borreli, de Malgor Track and Field, segunda: Sofía Luna, de Malgor Track and Field, tercera: Micaela Levaggi de Malgor Track and Field.

La pintura, el canto, el folklore nunca fueron una de las virtudes de Leonardo. Pero su mamá limpiaba en la casa de la secretaria del polivalente de arte y hacerlo entrar fue fácil. Por la mañana tenía clases de música, a la tarde, educación física en el campo de deportes. El profesor les pedía que den vueltas a la pista de atletismo y la mayoría de los chicos prefería esconderse entre los matorrales o detrás del las paredes del baño. Leonardo era el único que disfrutaba de cada vuelta, del aire que le iba calentando los pulmones. El frío se empezaba disipar.

Se acuerda que al poco tiempo de empezar, el profesor le ofreció un trato: si él aceptaba hacer atletismo con un grupo especializado de la escuela, le aprobarían la materia.

La primera clase que tuvo con el grupo de atletismo se suspendió por mal tiempo. El campo de deportes era una laguna, el agua llegaba a los tobillos. Leonardo no pensó que el clima podía frenar una carrera. Cuando el entrenador lo vio, se bajó del auto, fue hasta donde estaba él y le pregunto si quería correr igual.

Cada vez que pasaba delante del auto, el entrenador tomaba el tiempo. Leonardo corrió 9 kilómetros en 42 minutos, solo y en medio de un temporal.

La primera carrera oficial sería poco tiempo después en un torneo de cross country. Él era el flaquito, el pibe de patas largas. En el recorrido había que subir y bajar por lomas, saltar charcos.

Hoy, mientras recuerda esa carrera, Leonardo levanta una pierna y señala sus zapatillas Nike:

-Ahí, yo no tenía unas zapatillas como estas. Tenía unas Topper blancas, con la firma de Guillermo Vilas en un costado y con suela a triángulos rojos para no derrapar en el polvo de ladrillo ¡No sabés como te quedaban los pies!

En ese momento no pensó en sus zapatillas de tenis, ni sintió dolor. Se concentró en el camino, en llegar antes que sus rivales, en mejorar su marca. Lo que Leonardo no se imaginó fue que terminaría ganando la carrera por un segundo. Esa carrera a partir de la cual, según él, su vida empezó a cambiar para siempre.

Al segundo día que Lucía Bagaloni fue a entrenar a la costa, Leonardo le regaló la pechera con la M. Ella lo entendió como un piropo y no se equivocó. Dice que lo conoció así: como un entrenador apasionado. Por eso no se sorprendió cuándo faltando apenas dos horas para casarse, él estuviera entrenado corredores en la costa, o que durante la luna de miel hayan ido a ver un campeonato mundial Junior de atletismo durante una semana. Cuando Lucia quedó embarazada, ambos estuvieron de acuerdo en el nombre que le iban a poner a la nena. Los dos pensaron en el mismo, pero fue él quien lo dijo primero. Le pondrían Joan, en honor a Joan Benoit, la primera mujer campeona en el maratón de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. Y si ese nombre no gustaba, había otras opciones: Edna, por Edna Kiplagat, la última campeona mundial de maratón y si el pronóstico cambiaba y llegaba a ser varón, le iban a poner Saïd, por el fondista Keniata Saïd Aouita.

-Es necesario tener cierta condición física, pero la constancia es una fórmula infalible. Si tenés contención y perseverancia, ganar es inevitable- dice Leonardo después de morder una barrita de cereal que está comiendo hace más de una hora.

Y la fórmula le dio resultados. Empezó a entrenar en el Centro de Educación Física Numero 1 con el profesor Alfredo Chianlio y antes de los 18 años había salido campeón nacional de menores en siete oportunidades. En 1985 batió el récord sudamericano en 3000 metros con obstáculos y dos años después obtuvo el mejor tiempo nacional juvenil en los 3000 metros llanos. A los 21 años se fue a correr a Milán, Budapest, Amberes y Belfast. Un año más tarde ya había ganado por segunda vez el medio maratón de Buenos Aires y salió campeón Nacional de cross country. Entre 1992 y 1994 ganó repetidamente los 10 kilómetros que Nike organizaba en Punta del Este.

Un año después fueron los Panamericanos en Mar del Plata. Quedó cuarto en los 1500 y 3000 metros con obstáculos y consiguió la marca para competir en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Pero pocos meses antes de la competencia, algo le empezó a molestar en la rodilla. Después de entrenar, los tendones rotulianos se le inflamaban y el dolor no le dejaba doblar bien la pierna. El médico no dio vueltas: había que operar. Él recuerda que después de la intervención miraba las carreras por televisión, tirado en el sillón de su casa, sin poder parar de llorar.

Marita Peralta es atleta desde que tiene 9 años. Leonardo, recuerda que en ese tiempo ya la veía competir. Aplaudía sus carreras, se daba cuenta que era buena. Hoy, después de 30 años de relación, ella tiene bien en claro que sus logros como deportista se deben a la exigencia que siempre tuvo su entrenador:

-Había veces que estaba medio bajón, porque había discutido con mi marido y Leonardo me decía: "Bueno Marita... yo no soy psicólogo y además las relaciones humanas van y vienen, pero los Olímpicos no. Así que dale, a entrenar".

A dos meses de competir en Río 2016, su segundo Juego Olímpico, Marita agradece a esa conducta. Piensa que por haber sido así, ella y él llegaron hasta donde llegaron. Cree además que no va a cambiar nunca y que si alguien lo quiere ver dentro de 40 años, cuando él tenga 80, que lo vayan a buscar a la pista de atletismo, porque seguro lo van a encontrar ahí.

Leonardo no podía correr, y para él, eso era estar muerto en vida. Había meses que no podía ni caminar del dolor en los tobillos. La Secretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires le retiró la beca y se la dio a otro corredor que tenía mejor marca. Él se pasaba el día entero tirado en un sillón escuchando la radio o mirando programas de chimentos. Eso si no había viento, porque si se le corría el cable del enganche, quedaba sin luz. En 2001 se fue a vivir la casa de su novia en el monte Varela. Hoy se acuerda de cuando se juntaba con un amigo a tomar café en el centro.

-Si pagaba el café, tenía que ir y volver caminando porque no tenía plata ni para el colectivo.

Cansado de no hacer nada y sin un peso en el bolsillo, fue a golpearle la puerta al intendente.

-El otro día estuve en parque Camet y vi que nadie limpia los baños, y si usted me contrata, yo puedo hacer ese trabajo- Leonardo estaba dispuesto a cualquier cosa a cambio de poder salir de su casa, del sillón marrón gastado.

El intendente Daniel Katz, que era un aficionado a las carreras, sabía muy bien quien con quién estaba hablando. Leonardo empezó a trabajar en el EMDER, entrenando chicos en los barrios y en la pista municipal. Y como si la tranquilidad le hubiera hecho bien a los músculos, mientras ejercía como entrenador, volvió a presentarse en diferentes competencias.

El 7 de mayo de 2007 corrió su última carrera. Fue en El Palmar, Entre Ríos. Corrió 28 kilómetros bajo un sol abrumador y salió primero. A partir de ese día se dedicó de lleno a ser entrenador. Desde el trabajo en los barrios empezó a reclutar a los mejores atletas a un Club que fundó junto con el profesor de educación física Daniel Díaz. Al club le pusieron: MALGOR Track and Field.

En 2008 clasificó a Leonardo Price a los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 y a partir de ahí empezó a ser tenido en cuenta como miembro de la Comisión Técnica Nacional. Después vino la doble clasificación de Marita Peralta a los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y Río 2016. En estos últimos, también logró sumar a Mariano Mastromarino y Belén Casetta.

-A mí me parece que se está sacando las ganas de cuando él no pudo competir por las lesiones- dice mamá Doris, en tono suave y muy despacio. Como si al decirlo se estuviera dando cuenta.

En simultáneo a su trabajo del Club y el EMDER, Nike le ofreció ser entrenador de un grupo de "running" y él no dudó un segundo.

-Me costó mucho que la gente se sume a mi grupo. Al principio, los que querían bajar algunos kilitos ni se acercaban. Todos sabían que mi perfil siempre fue de alto rendimiento. Los corredores que yo entreno, más que nada son un grupo muy competitivo.

Alguien llega y deja la llave de su auto sobre el paredón de la costa, en playa Varese. Después viene alguien más y al lado, apoya el llavero de su casa. A medida que el grupo se agranda, la hilera empieza a crecer sobre la roca. Parece una serpiente de metal.

Los varones de entre 25 y 40 años hacen una ronda. Mientras mueven sus piernas para entrar en calor sacan cuentas de lo que comieron el fin de semana. Lo miden en calorías, en gramos. Algunos tienen días permitidos, otros culpas atroces. Pero todos se ríen. A un costado, las mujeres hablan de sus trabajos o de sus hijos. Hay médicas, abogadas. La mayoría llevan sudaderas con la letra M, de Malgor y cuando él llega, saluda a uno por uno. A los varones les da la mano y a cada mujer un beso en la mejilla. En menos de dos minutos, reparte indicaciones para los diferentes grupos y todos salen a correr.

El murmullo se convierte en silencio. Leonardo se pone la capucha del buzo, junta las palmas de sus manos y sopla adentro para calentar. Más abajo, la playa queda vacía. Solo un puñado de surfers intenta conquistar la última ola del día. Los faroles de la costa pestañean hasta encenderse y en el fondo, el horizonte se desvanece.

Leonardo mira las piernas de quienes pasan trotando. Se fija como pisan, cuanto estiran las piernas, si chocan muy fuerte contra el suelo. Mientras espera a que regresen sus corredores, charla con los lesionados que fueron hasta ahí solo para hablar un rato con él.

Antes de que se cumpla la hora, sus dirigidos empiezan a volver. Miran sus relojes con la ansiedad de quien va a desconectar una bomba. Los mismos que antes charlaban distendidos ahora están ahogados, transpirados. Agotados pero felices. Leonardo conoce a cada uno de ellos. Sabe si el tiempo que hicieron es un avance o un retroceso. Antes de finalizar la clase, les pide que hagan lomas, pasadas de velocidad o trote de recuperación.

Cuando terminan, los corredores buscan las llaves que están mezcladas sobre la piedra. Mientras, Leonardo se para en un banco y habla para todos en voz alta:

-Ahora vayan a descansar, y cuídense de las lesiones, que el hombre fue diseñado para caminar, no para correr... Si nosotros corremos es porque estamos locos.

 

Por Sebastián DIppolito (@sebasdIppolito) es doctor en biología, docente de la Universidad Nacional de mar del plata e investiga para el CONICET y la Comisión de investigaciones científicas de la provincia de Buenos Aires.

Fuente: www.lanacion.com.ar

Foto: Graciela Zanitti

 

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